sábado, 16 de diciembre de 2017

La maquiavélica grandeza de Palpatine: Oda al villano definitivo


"No sin una enorme reticencia, he accedido a este ruego. Yo amo la democracia. Amo la República. En el momento en que esta crisis haya remitido, renunciaré al poder que me otorgáis".

Sheev Palpatine (Star Wars. Episodio IIEl ataque de los clones, 2002)

El viernes 15 de diciembre se estrenó en taquillas españolas Los Últimos Jedi, el octavo episodio de la space opera por antonomasia. El retorno de Star Wars en estas fechas tan señaladas ha supuesto una vez más que el Yomvi de un amigo que llevo años parasitando alegremente haya puesto a mi entera disposición todas y cada una de las películas del universo más emblemático que haya concebido la ciencia ficción. Esto, coincidiendo con un inoportuno constipado y un invierno copado de innegociables precipitaciones cantábricas, me ha llevado a otra exhaustiva revisión de las obras que hicieran famoso y millonario a George Lucas. Especialmente de los tres primeros episodios, los pertenecientes a la tan denostada trilogía de precuelas de finales de siglo pasado. Trilogía en favor de la cual pienso romper una lanza en estas líneas, aun a riesgo de ganarme la animadversión del séquito más purista de la saga. 

Reivindico estas tres obras por la nostalgia que despiertan en mí y en la generación de los 90 y que, evidentemente, los fans más longevos sólo pueden experimentar con la trilogía original. También por la obra maestra que es La Venganza de los Sith, o por temas musicales que enriquecen el ya de por sí majestuoso trabajo de John Williams. Como puede ser la estremecedora Across The Stars, que enamora o desgarra según requiera el devenir de la melosa relación entre Anakin y Padme, y que bien merece un puesto entre las mejores canciones de una de las BSO más imprescindibles de la historia del celuloide. Asimismo, la poderosa Duel of the Fates envuelve a la perfección la imponente presencia de Darth Maul, el diabólico sith que, al igual que Qui Gon Jinn, contribuye a engrandecer el inabarcable abanico de personajes de Star Wars. Pero, sobre todas las cosas, lo que podemos y debemos agradecer a estos tres episodios es la historia de la irrupción y llegada al poder del que es el señor de todos los villanos. Y no hablamos de Darth Vader, sino de su maestro y descubridor: Sheev Paplatine, o Darth Sidious, el Emperador del Imperio Galáctico más poderoso que se haya conocido. A través de sus mefistofélicos ardides, y con la intención de crear expectativas para el Episodio VIII, hoy desgranamos el profundo trasfondo político de la Guerra de las Galaxias.

Palpatine malmetiendo en el Senado
Episodio I: Guerra económica contra la democracia

La política es un elemento central de las precuelas, que nos presentan el funcionamiento del Parlamento de la República Galáctica antes de tornarse Imperio. Al contrario que en los filmes pertenecientes a la trilogía original, donde el conflicto entre un sistema totalitario y una romántica guerrilla es bastante maniqueo y arquetípico, los tres primeros episodios de Star Wars escenifican una heterodoxa lucha por el poder entre burócratas, Jedis, lado oscuro y poder económico, en la que ningún agente está exento de contradicciones -como bien muestra este artículo-. Los créditos iniciales de La amenaza fantasma nos informan de que la Federación de Comercio está planeando el bloqueo del pequeño planeta de Naboo, cuya soberanía económica atenta contra los intereses de la corporación transnacional. La burguesía nemoidiana, armada por un poderoso ejército droide privado, con escaño propio en el Senado -pareciera el sueño húmedo de todo neoliberal- y liderada por el Virrey Nute Gunray, lacayo a su vez de Lord Sidious, simboliza la contradicción irresoluble entre propiedad privada y democracia. La Federación de Comercio es el TTIP, los Chicago Boys asesorando a Pinochet en Chile, la Troika dictando sus medidas austericidas al sur de Europa o la deuda que impone el FMI al Tercer mundo como mecanismo neocolonial en aras de perpetuar la desigualdad económica entre centro y periferia. Simpatizante del Partido Demócrata, George Lucas nos presenta a las multinacionales -en su alegoría galáctica, recordamos, supeditadas al lado oscuro- como un enemigo necesario de la democracia y la república, y no es difícil vislumbrar una crítica al capitalismo y una honrosa condena a sus crímenes a través de la sanguinaria invasión militar que ejerce la Federación sobre naciones soberanas. 

Al otro lado del cuadrilátero resiste con dignidad y pueblo -tanto humano como gungan- Naboo, un pacífico planeta afiliado a la República Galáctica. A pesar de ser una monarquía permanentemente regentada por adolescentes preparadas desde su infancia para la vida política, se percibe una conciencia democrática en el espíritu de Naboo, encarnado en la Reina Amidala. Si la Federación es la voraz e insaciable búsqueda del incremento de la tasa de ganancia capitalista, que no conoce ni ve límites ni en los derechos humanos más elementales, Padme es la autonomía de la política y la resistencia frente al imperio. Como lo sería su hija Leia veinte años después -resulta curioso encontrar personajes femeninos tan interesantes y empoderados en una saga que, si pasa el Test de Bechdel, es de puro milagro-, Amidala es la política definitiva, que entiende que la batalla por el poder puede ser ajedrez o boxeo. Sea disparando al invasor junto a su pueblo, participando activamente en el rescate de un Jedi que termina desencadenando una Guerra Civil interplanetaria o enfrentándose a los burócratas en el decadente Parlamento de la República, la Reina -por paradójico que pueda resultar- es la dignidad de una democracia que se resiste al avance de la tiranía, es la política evitando ser prostituida por la economía. 

Y, como no podría ser de otra forma, encontramos en el Estado -la República- el moderador natural del conflicto entre capital y trabajo. El Senado Galáctico recuerda en sus vicios a las democracias occidentales burguesas en general y al Parlamento Europeo en particular, en tanto que una suerte de confederación de naciones notablemente alejada de la ciudadanía, con escaso poder ejecutivo y en la que una burocracia corrupta y parásita campa a sus anchas. Donde un veterano diputado de Naboo, el respetado y respetable Sheev Palpatine, se mueve como pez en el agua. Cuando Amidala denuncia en el hemiciclo la invasión que está sufriendo su pueblo a manos de la Federación de Comercio, Palpatine muestra a su compatriota cómo una casta política comprada por el Virrey Gunray -y, por ende, por él mismo- se basta para entorpecer y postergar cualquier proceso en Coruscant. Padme presenta entonces una moción de censura contra el Canciller Valorum, cuya votación desemboca en la elección del propio Palpatine como nuevo Canciller. No obstante, la reina regresa a Naboo, entendiendo que al ejército droide de los nemoidianos no lo ha de derrotar la politiquería de la anquilosada burocracia de la glamourosa Coruscant, sino la reconciliación y organización armada con el pueblo gungan. En cualquier caso, el Lord tenebroso Darth Sidious finaliza la primera película al frente del principal órgano legislativo y ejecutivo de la galaxia sin dejar al descubierto ni un ápice de sus aviesas intenciones. 

Palpatine proclamando el Imperio Galáctico
Episodio II: Falsa bandera y Guerra Civil

El Ataque de los clones suele ser considerada, junto a su predecesora, como la más floja de todas las películas de Star Wars, pero también alberga un trasfondo político digno de análisis. En este segundo episodio, el enemigo a batir es la Confederación de Sistemas Independientes, también llamados separatistas. A la Federación de Comercio se le unen sistemas descontentos con la decadente República, instituciones “transplanetarias” como el Clan Bancario y el Gremio de Comerciantes y, por encima de todos, el Conde Dooku, un ex jedi que, como tantos Figo intergalácticos antes y después, ha pasado a las órdenes y enseñanzas de un Sith, corrompido por promesas de un mayor poder. Todos estos agentes políticos conspiran y unen fuerzas para asesinar a la ex Reina Amidala -ahora en el Senado- y formar un ejército droide que doblegue a los Jedi, único estamento armado en favor de la República. En la sombra, como mano que mece la cuna, Darth Sidious mueve los hilos apareciendo con cuentagotas. 

Mientras, un Obi Wan Kenobi que ya ostenta condición de Maestro Jedi descubre en una misión en Kamino que se ha creado un descomunal ejército clon para la República por encargo de Sifo-Dyas, un jedi fallecido años atrás. Se trata de millones de soldados diseñados específicamente para acatar órdenes sin ningún espíritu crítico, cuya creación responde a intereses más oscuros. En realidad, es Dooku -a órdenes de Sidious- quien suplanta a Sifo-Dyas y solicita el Ejército, que gustosamente será asumido por una República amenazada militarmente por una coalición militar reaccionaria. El parlamento decide otorgar entre vítores poderes especiales al reputado Canciller para obrar con más determinación en un momento de excepcionalidad política. Sheev Palpatine, con la legitimidad histórica que le otorga la existencia de un enemigo que él mismo alimenta y dirige en la sombra, acepta, “a regañadientes”, un mayor poder para proclamar un ejército solicitado por él mismo que combata a otro ejército que él mismo lidera. Esta oda a la maldad, esta arquitectura tan genial como maquiavélica sedimenta en la batalla del coliseo de Geonosis, finalizada la cual comienzan oficialmente las Guerras Clon. 

El conflicto armado entre droides separatistas y clones republicanos es una clara representación de la Guerra de Secesión americana en la que se midieron la élite terrateniente esclavista sureña por un lado y la burguesía incipiente de La Unión por otro. No por casualidad Lucas bautiza a la formación liderada por el Conde Dooku como Confederación. Con el valor añadido de que, en la alegoría Star Wars, tanto el feudalismo como el capitalismo van guiados por un mismo poder oscuro. Sin embargo, el aumento del militarismo supuestamente fundamentado en la guerra contra el terror, la creación simbólica y la financiación económica de un enemigo que justifica tanto un mayor autoritarismo y un ataque a las libertades civiles a nivel interno como una serie de intervenciones bélicas en el exterior que hagan girar la rueda del negocio de la guerra, bien pueden ser también un retrato del modus operandi del Gobierno de Estados Unidos, así como la simbiosis que estos conforman con las petromonarquías y el terrorismo islámico. O del ascenso al poder de Hitler tras la quema del Reichstag, por poner un ejemplo más paradigmático. O la Operación Gladio en Europa, o cualquier acto de bandera falsa, en última instancia. Ahí radica la grandeza de Palpatine como supervillano, en que es tan real como la vida misma.

Palpatine malmetiendo en la ópera
Episodio III: El arte del autogolpe

Finalizan las precuelas con La Venganza de los Sith, sin duda uno de los mejores largos de toda la saga y, en opinión de quien escribe, el único comparable a El Imperio Contraataca. En estas dos horas largas de puritita épica se descubre que Sheev Palpatine, el estadista, el hombre de orden de intachable renombre en toda la Galaxia, es en realidad la encarnación del lado oscuro de la fuerza. En las postrimerías de su plan genial para la formación del Imperio, Darth Sidious recluta para la causa a la gran esperanza blanca de la Orden Jedi y extermina al resto de sus enemigos. El proceso, una vez más, está cargado de sutiles triquiñuelas y conspiraciones en la sombra. 

El hilo central de este tercer episodio es la cooptación y corrupción de Anakin Skywalker por el Canciller. Según una sacrosanta profecía jedi, Skywalker está llamado a traer el equilibrio a la fuerza, razón por la cual Qui Gon lo libera de la esclavitud a la que estaba condenado en su Tatooine natal y por la que Obi Wan accede a adiestrarlo a pesar de las reticencias constantes de la vieja guardia del Consejo. La cúpula de la Orden Jedi, liderada por Yoda y Windu, ve desde su primer contacto con el muchacho la posibilidad de que este termine sucumbiendo al lado oscuro, por el odio, la ira y, sobre todo, el miedo a la pérdida de seres queridos que este alberga. Conocedor de la contradicción inherente al elegido, Palpatine sigue su carrera "con gran interés" desde su emergencia en la fuerza, y cuando el todavía padawan demuestra en su combate contra Dooku que está ya para subir al primer equipo, incorporarlo al reverso tenebroso se convierte en el objetivo principal del sith.

Sidious basa su estrategia de seducción en la perversión de las dos principales frustraciones de Anakin. En primer lugar, en las recurrentes desilusiones del padawan para con la Orden Jedi, que muestra una excesiva cautela a la hora de nombrarlo Maestro e incorporarlo a sus plenos. Por otro lado, en el miedo a la muerte de su esposa Amidala, fundado por unas pesadillas premonitorias que, según muchas interpretaciones, son generadas el propio Palpatine. Pese a los consejos de Yoda sobre los peligros que encierra una concepción romántica del amor basada en la necesidad, los celos y la posesión, el camino está allanado para que el Canciller malquiste como sólo el sabe y haga creer al jedi que salvar a su enamorada y al hijo que cobijan sus entrañas pasa necesariamente por abrazar sus enseñanzas sobre el lado oscuro. En una de las escenas capitales de toda la saga, aprovecha ambos temores para empezar a llevarse al huerto a un Anakin cada vez más confuso y decepcionado por sus superiores.

Por otro lado, la relación entre el Consejo Jedi y la República es cada vez más complicada. Si bien el final de las Guerras Clon parece cercano una vez abatido Dooku, la deriva reaccionaria del Canciller Supremo, reacio a prescindir de un mandato hace tiempo expirado, no hace presagiar un retorno pacífico a la normalidad política. La Orden Jedi, encargada de guardar la paz en la galaxia, responde a su vez con un progresivo autoritarismo, hasta el punto que Windu llega a ver imprescindible una suerte de Gobierno de concentración comandado por los jedi para garantizar la transición. Si bien los Caballeros Jedi son claramente el bueno de la space opera, se perciben contradicciones en sus acciones para salvaguardar la República, como pueden ser la desconfianza en el funcionamiento democrático del Senado y un cierto paternalismo. Al fin y al cabo, no deja de ser una secta religiosa ajena a ningún mecanismo democrático, un poder fáctico superior en muchas ocasiones al que pueda ostentar el propio hemiciclo. Estas tensiones se resuelven en el combate entre Windu y Palpatine, a quien vemos envainar un sable láser por primera vez en la saga -ya que, como buen villano, se dedica a conspirar en la sombra, manchándose las manos lo justo-. El duelo, épico y waltrapa a partes iguales, termina saliendo, como prácticamente todo, tal y como el Canciller había planeado: Anakin traiciona al Maestro Jedi más poderoso y se pasa definitivamente al lado oscuro, y él puede presentarse ante la opinión pública con el rostro achicharrado, pero con una imagen inmaculada y totalmente legitimada para ahondar en su camino hacia el totalitarismo. 

Con la escusa perfecta, Palpatine consuma su autogolpe. Valiéndose del ejército clon, ejecuta la Orden 66 que aniquila prácticamente a la totalidad de los Jedi, envía al recién bautizado Darth Vader a hacer lo propio con los líderes separatistas y de la Federación de Comercio -una vez logrados sus pérfidos objetivos, ya no los necesita para nada-, y consuma su asesinato a una República milenaria en nombre de la democracia llevado en volandas por "un estruendoso aplauso". Su lento pero inexorable ascenso al poder desemboca en la proclamación de un Imperio Galáctico de preponderancia incontestable, al que sólo una inesperada traición de Darth Vader décadas después podrá poner fin. Leo las primeras críticas del Episodio VIII y no son precisamente halagüeñas. No me cabe la menor duda de que se debe, en gran parte, a que un villano como Darth Sidious es, sencillamente, irrepetible. Quién sabe si hablamos del mejor malo de la historia, junto a José Mourinho. Que la fuerza os acompañe.

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